CABARET
Aquel otoño no pudo comenzar peor para Borja: a la aversión que sentía por los cursos pares se sumaban la ruptura del envidiado triunvirato formado con sus inseparables Raquel y Julieta, y el reconocimiento, en su tutor, de nombre Federico, de un hombre cínico, despidiado y glotón. Lo del triunvirato, pensaba Borja, era el fruto a medio madurar de las rencillas académicas, y no evidenciaba otra cosa sino el talento de sus integrantes. Era de esperar que, desperdigados sus miembros, dejasen de incomodar con sus observaciones intensas y caústicas, para la tranquilidad del profesorado y porteras y limpiadoras. Y lo de Federico, mascullaba Borja, formaba parte de la puesta en escena de aquella pequeña facultad donde estudiaban cine: el primer día de clase, Federico entró en el aula como una tromba, todo despeinado y con la camisa transpirada. Dirigió una mirada rápida al alumnado convocado obedientemente a los pies del encerado e hizo acto de entrega del programa de la asignatura. Temario: no había temario. Evaluación: un trabajo sobre la producción cinematográfica del país durante la dictadura franquista, dedicando especial atención a la españolada y al landismo. Todos pensaron inmediatamente en Lo verde empieza en los Pirineos.
-Veo que nos entendemos bien -gruñó Federico con una sonrisa que cautivó a Borja- Permitidme, queridos míos, que os advierta que ninguno de vosotros podrá realizar algún tipo de esfuerzo al margen del temario -en este punto soltó una gran carcajada, tan grande, que tuvo que inclinarse hacia atrás para expulsarla con más comodidad -o efectismo- No os compliquéis conmigo, porque voy a encargarme personalmente de que ningún buen trabajo quede sin su castigo.
Entonces se marchó; y a lo lejos, otra carcajada.
Los chicos aplaudieron a Federico entusiasmados, y desde aquella intervención comenzaron a corear su nombre por los pasillos: al fin aparecía un profesor que los entendía y los trataba como ellos necesitaban. Mientras la admiración y el buen rollismo crecían en torno a la figura del profesor, Borja se empantanaba en el trágico mecanismo admiración - rechazo que experimentaba siempre que se enamoraba.
Por las noches, cubría su cuerpo desnudo con las sábanas e imaginaba a Federico echado sobre sí, y se dormía pensando en cómo se comportaría fuera de la universidad, y qué clase de vida sería la suya, convencido de que bajo aquella apatía y hermetismo latía el corazón de un genuino "buen chico". Hasta que sentía el calorcito del Sol en la cara y volvía a la rutina académica.
Por las noches, Federico se dormía pensando en aquel alumno jacarandoso de la primera fila, y en que no estaba dispuesto a permitir en su clase desmadres del tipo "drama queen": nada de William Wyler, Cukor, o Stephen Frears. Por las mañanas, se levantaba convencido de que le daría su merecido a ese marica.
