Tuesday, August 08, 2006

CABARET

Aquel otoño no pudo comenzar peor para Borja: a la aversión que sentía por los cursos pares se sumaban la ruptura del envidiado triunvirato formado con sus inseparables Raquel y Julieta, y el reconocimiento, en su tutor, de nombre Federico, de un hombre cínico, despidiado y glotón. Lo del triunvirato, pensaba Borja, era el fruto a medio madurar de las rencillas académicas, y no evidenciaba otra cosa sino el talento de sus integrantes. Era de esperar que, desperdigados sus miembros, dejasen de incomodar con sus observaciones intensas y caústicas, para la tranquilidad del profesorado y porteras y limpiadoras. Y lo de Federico, mascullaba Borja, formaba parte de la puesta en escena de aquella pequeña facultad donde estudiaban cine: el primer día de clase, Federico entró en el aula como una tromba, todo despeinado y con la camisa transpirada. Dirigió una mirada rápida al alumnado convocado obedientemente a los pies del encerado e hizo acto de entrega del programa de la asignatura. Temario: no había temario. Evaluación: un trabajo sobre la producción cinematográfica del país durante la dictadura franquista, dedicando especial atención a la españolada y al landismo. Todos pensaron inmediatamente en Lo verde empieza en los Pirineos.
-Veo que nos entendemos bien -gruñó Federico con una sonrisa que cautivó a Borja- Permitidme, queridos míos, que os advierta que ninguno de vosotros podrá realizar algún tipo de esfuerzo al margen del temario -en este punto soltó una gran carcajada, tan grande, que tuvo que inclinarse hacia atrás para expulsarla con más comodidad -o efectismo- No os compliquéis conmigo, porque voy a encargarme personalmente de que ningún buen trabajo quede sin su castigo.
Entonces se marchó; y a lo lejos, otra carcajada.
Los chicos aplaudieron a Federico entusiasmados, y desde aquella intervención comenzaron a corear su nombre por los pasillos: al fin aparecía un profesor que los entendía y los trataba como ellos necesitaban. Mientras la admiración y el buen rollismo crecían en torno a la figura del profesor, Borja se empantanaba en el trágico mecanismo admiración - rechazo que experimentaba siempre que se enamoraba.
Por las noches, cubría su cuerpo desnudo con las sábanas e imaginaba a Federico echado sobre sí, y se dormía pensando en cómo se comportaría fuera de la universidad, y qué clase de vida sería la suya, convencido de que bajo aquella apatía y hermetismo latía el corazón de un genuino "buen chico". Hasta que sentía el calorcito del Sol en la cara y volvía a la rutina académica.
Por las noches, Federico se dormía pensando en aquel alumno jacarandoso de la primera fila, y en que no estaba dispuesto a permitir en su clase desmadres del tipo "drama queen": nada de William Wyler, Cukor, o Stephen Frears. Por las mañanas, se levantaba convencido de que le daría su merecido a ese marica.

Friday, August 04, 2006

Sobre la Trilogía de las pulseras...

Trilogía de las pulseras es el título global adjudicado a mi nueva obra, todavía desconocida para el gran público. Como ya se indica, consta de tres partes: La frivolité, Pulseras de basalto, Las pulseras suenan cuando son dos. A punto de finiquitar la redacción de la primera de ellas (estoy en la fase de ultimación, de pulido de expresión, de unificación de sentidos), me planteo sobre las motivaciones que me empujan a escribirlas, y sobre la necesidad de descubrir en qué consiste eso de "escribir bien".
Trilogía de las pulseras cuenta la historia de amor entre Pedro, un joven aspirante a escritor, y Sureda, un maduro escritor de segunda fila que se gana la vida impartiendo talleres de creación literaria. Más de cuatro décadas abarca la historia, en la que el lector, transfigurado ocasionalmente en voyeur a causa de un narrador caprichoso y entregado en exceso al refinamiento, asisitirá a los encuentros de estos dos personajes y a los desencuentros de los otros tantos que se pasean por sus páginas (vuelvo a la novela coral tras algún tiempo sin practicarla): Martita Salazar, la joven aspirante a actriz de cine francés; Ricardo Iglesias, el triunfador deshinibido y amoral; la niña Penumbra y Alice, enamorada de Pedro desde la infancia y quien finalmente se convertirá en su esposa... Por encima de todo destaca la ambición -que no pretensión- de escribir una obra plural, contemporánea, espejo no sólo de la generación última, sino de las otras que la preceden. Un fondo sólido cuidadosamente presentado: fragmentarismo, elipsis, polifonía, léxico necesario y poco gratuito... elementos todos que le aseguran un huequecito bajo la etiqueta de "buena redacción", fin éste que en ningún momento se encuentra entre mis prioridades a la hora de escribir, porque "buena redacción" no equivale a "buena novela".
No dejo de preguntarme, al repasarla una vez y otra, el peso de sus temas, lo atractiva que pueda resultar una historia de amor entre escritores gay (y abundan: Verlaine y Rimbaud, Paul Bowles y su esposa, Wilde y Bosie -concediendo que éste fuese realmente un escritor, acontecimiento harto dudoso-...) o la descripción minuciosa de los avatares diarios de una niña pija. Primera aporía: ¿ y qué? Segunda: ¿justifican estos temas la extensión de la obra? Tercera: ¿era preciso escribirla? A los que vengan respondiéndome que el tema o temas de una novela no son importantes les responderé al grito de ¡precaución niños! Estamos hablando de la construcción de una novela y no de otras formas de literatura, y dejando a un lado la cuestión estética (dicho pronto y mal), lo cierto es que hay otras muchos aspectos a los que se debe subordinar esta cuestión: el argumento, los personajes, el ritmo... Si es verdad que muchas novelas se salvan por los temas que tratan, puesto que no destacan, en una primera lectura, por su belleza plástica ( y el mayor ejemplo que se me ocurre de esto es el denominado "no estilo" de Miguel Delibes; aunque como ya se ha visto, esa contención constituye la más perfecta forma de plasticidad que podría brindarnos, ironía aparte), también es verdad que no cualquier tema es válido, y que es preferible no escribir que hacerlo sobre determinadas cosas. El hecho de tener a un hombre paseando al perro por la calle puede resultar mucho más interesante y fructífero si lo acompañamos con el flujo de consciencia (¿qué tal el asesinato de su esposa?), que si describimos exhaustivamente lo que rodea inmediatamente al hombre en su paseo. Hay temas, y temas que pueden hundir definitivamente el argumento de una novela. Lo único que saco en claro es que una buena novela con temas insípidos no es literatura, sino un milagro.
La historia de amor entre escritores gay, la niña pija que quiere ser actriz, la esposa celosa, la ciudad... ¿Y qué? ¿Por qué esto y no otra cosa? Tal vez ésta sea la pregunta que nos lleve al desenlace. Mientras tanto, seguiré escribiendo, y luego el público decidirá.